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8 Junio, 2009

 



El Diario de León


El señor de Quiñones se vio redimido de su condena de amor tras romper 168 lanzas contra los caballeros que acudieron al Passo Honroso.





Don Suero de Quiñones jugaba en casa, y eso era evidente desde el principio. Un público entregado a su señor coreaba su nombre en el palenque, abarrotado. Los caballeros mantenedores que lo acompañaban y los conquistadores que pretendían abrir el paso a los romeros devotos que se dirigían a Santiago respetaron el reglamento de las justas, con excepción de Mosén Bernal, que mereció los abucheos del respetable en numerosas ocasiones por sus atrevimientos y su manifiesta crueldad.

Las hazañas del caballero enamorado resaltaron sobre las del resto. En su primer encontronazo, contra el alemán Micer Arnaldo de Brandemburgo, éste dio con sus huesos en el suelo. Enseguida entró en el palenque Françí Desvalls, un caballero catalán que gritó: «¡Don Suero, os reto!», a lo que el de Quiñones respondió, muy bravo: 

«¡Yo os reto a vos y a todos los caballeros que vengan!». El catalán, que se había comprometido a romper todas las lanzas que restaran para abrir el paso, logró herir y derribar de su caballo a don Suero que, aún sangrante, volvió a subir a su corcel para continuar la lucha.

Las Justas del Passo Honroso cobraron una nueva dimensión cuando Mosén Bernal, el caballero negro, se enfrentó con el joven Lope de Estúñiga, y sugirió la posibilidad de recurrir a triquiñuelas para vencerlo, ante la desaprobación general. Como cabía esperar, Estúñiga fue derrotado por su oponente. Pero el momento culmen llegó cuando don Suero hirió gravemente a Esverte de Claramonte, que perdió la vida sobre la arena del palenque. Los padres dominicos del convento de Palacios de la Valduerna no autorizaron su entierro en sagrado, aunque recomendaron que fuera sepultado junto a una ermita del Camino de Santiago, con honores de caballero.

Dado el fallecimiento del de Claramonte, los jueces de las justas dieron por liberado de su prisión de amor al de Quiñones, que vio cómo le era retirada del cuello la argolla de hierro que lucía como símbolo de aquélla. El caballero se comprometió a peregrinar a Santiago para depositar ante el apóstol un aro de oro, amatistas y piedras, como recuerdo de la argolla de la que se liberó.

Terminadas las justas, los caballeros que no habían sufrido heridas graves compitieron en diferentes juegos de habilidad, hasta que sólo quedaron en pie don Suero y Mosén Bernal. Finalmente, el caballero negro pereció bajo la espada del leonés ante el regocijo general.





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