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En su estampa cuarta de su Retablo Histórico del Puente de Órbigo, el cronista oficial de Hospital de Órbigo, D. Luis Alonso Luengo, nos relata "El Passo Honroso" de Suero de Quiñones. Es Suero (segundón de la Casa de Leonesa de los Quiñones) quien ha tenido el gesto que hoy asombra al mundo y va a ser -no tardando- actor de la hazaña más alta de la caballería andante, aquí, en este escenario del puente de Órbigo, que, para ello, tan apresuradamente se prepara por los servidores de don Diego Fernández de Quiñones.

 

La cosa comenzó el día primero de enero del propio año de 1434. El Rey Juan II celebraba su sarao en su corte de Medina del Campo. El faraute cortó la fiesta, anunciando que un grupo de caballeros incógnitos armados de todas armas, pedía inmediata audiencia al rey. Se detuvo la danza; se abrieron cien ojos interrogantes, y entre el silencio de la Corte, entraron diez caballeros, brillantes de acero, como estatuas; cruzaron el salón y el faraute lanzó la grida de Suero de Quiñones, capitán del grupo.    

 

Se hallaba el caballero prisionero de amor " por una muy fermosa señora", dueña de su albedrío, y había hecho voto de ayunar todos los jueves y colgar al cuello una argolla de hierro en señal de esclavitud. Pero deseaba la libertad, y había puesto precio a su rescate. A fin de conseguirlo pedía autorización al rey para alzar sus tiendas en el camino de los peregrinos de Compostela, en el lugar de la Puente de Órbigo, durante un mes, él y nueve mantenedores, contra todos los caballeros que acudieran, hasta romper trescientas lanzas, a razón de tres por caballero. Y para que cada dama que pasara rindiera su guante derecho, que perdería si no lo rescataba en lucha algún caballero, y, en fin, para que, rotas las lanzas del compromiso, se le declarara, por jueces sabidores en Leyes de Caballería, libre de su prisión de amor.








 


Un silencio profundo había seguido al pregón de Suero de Quiñones. Juan II, con su Consejo deliberaba. Luego otra vez la voz del faraute que, con su acento de cántico, rubricaba la autorización real y daba lectura, una a una, a las Ordenanzas que habían de regir como ley en el paso de armas que ya todos llamaban Honroso.

 

Y León, Rey de Armas, que, tomando en su mano el pergamino, con el desafío de Suero, prometía leerlo en "todas las Cortes de la Cristiandad por do andar se podía", y pregonarlo ante todos los reyes, duques y señores para que autorizaran a sus caballeros y vinieran a luchar en el lugar de la Puente de Órbigo.

 

Y ahora estos preparativos, alzando, junto al Puente, la liza donde han de luchar los caballeros; los cadalsos desde los que la nobleza y el pueblo, los jueces y los escribanos, han de presenciar los combates, y las veintidós tiendas, verdadera ciudad provisional, bajo cuyas telas, durante treinta días, se ha de mover una nube de caballeros y damas, de jueces y escribanos, de trompeteros y armeros, de coperos y capellanes, de médicos y albigüistas, de enfermeras y dueñas de estado.... 

 

Es el 11 de julio de 1434. Ya está la liza concluida. Entre los dos brazos del río, cara al Puente, se alza el portón principal, prolongado de banderines y florituras góticas. Del Cadalso de los jueces pende el Paño Francés: largo tapiz, donde se han colgado las espuelas de los aventureros que han llegado ya para combatir y que se les devolverán -prenda de honor- una vez que realicen sus combates. Los demás cadalsos, de la nobleza y del pueblo, abarrotados de gentío, revientan de griterío y color.

 

Dalmao, trompetero mayor del rey, sale a la liza y eleva al aire la trompeta con agudos metálicos de clarín. Se hace un silencio profundo, y bajo el arco que sostiene el blasón de los Quiñones entra en la arena el más espectacular cortejo que pudo soñar la caballería y que va siendo subrayado con ovaciones por la multitud.

 



Filas isócronas de pajes redoblando parches; el rodar de un carro con las lanzas de las justas, con un copete donde va dando trinchas un enano bufón; unos tras otros, a distancia de respeto entre sí, los nueve caballeros mantenedores: Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Suero Gómez, Sancho Rabanal, Lope de Aller, Diego de Benavides, Pedro de los Ríos, Gómez de Villacorta, y al final Suero de Quiñones, con guardia de caballeros de Castilla, que, en señal de acatamiento, van a pie y llevan las riendas de sus caballos. Detrás, tres pajes de la Casa de los Quiñones, a caballo, con espada desnuda, almetes a manera de árboles y gualdrapas de martas cibellinas.

 

El cortejo da dos vueltas a la liza; luego se detiene. Suero de Quiñones, hecho el silencio por los trompeteros, se aúpa en el caballo y se dirige a los jueces. Desde el cielo cae la noche caliente y estrellada. El Passo Honroso de Suero de Quiñones está abierto a todos los caballeros del mundo.

  

12 de Julio a 10 de Agosto de 1434. Rápido deslizarse de escenas y estampas de movido color. Una, dos, cinco, treinta lanzas rotas.... Choques de caballeros, lanza en ristre, como brillantes estatuas ecuestres en bronce. Los jueces dan a cada combate su veredicto. El escribano escribe...

 

9 de Agosto.

Atardecer sobre el Puente y la liza. Se acaban de desarrollar las últimas justas del Passo; aquella de don Juan de Portugal, caballero grueso torpe y parlanchín, que llegó con un cortejo de músicas y pajes y a cuyo caballo, tan pesadote como su dueño hubo que "embeodar con vino" para que acometiera, y esta de Carrion y Rabanal, que ya a nadie interesa.

 

La gente espera con impaciencia el momento, que ya llega; éste de vitorear al capitán del Passo, que ahora, en la liza, está con su cortejo el mismo cortejo del día de la apertura, y por el mismo orden, con sus trompeteros, caballeros y pajes, para una vez hecho el silencio, pedir a los jueces que declaren cumplidas las justas, y a él y a sus mantenedores libres de la prisión de amor.

 

Se han dado fin a los treinta días señalados para el Torneo. Y en gracia a ello, si bien no se han roto más de 166 lanzas, los jueces dan por rotas las 300 y por cumplidas las condiciones. El rey de armas y el faraute bajan a la liza. Desmonta Suero, y se inclina ante ellos, que ceremoniosamente extraen la argolla de hierro del cuello del capitán.

 

Estalla otra ovación en los cadalsos. Los jueces, con larga rúbrica firman las actas, que, extendidas por el escribano Pedro Rodríguez de Lena, dan fe de cuanto en el Passo ha acaecido. Y se despachan cartas para el rey. Y se encienden luminarias de júbilo para que dance la muchedumbre.

 

A la mañana siguiente, 10 de Agosto, se alzan las tiendas, y Suero y sus mantenedores, cruzando el Puente, toman por Santa María de Carrizo camino de León. Atrás quedó Hospital, los peregrinos pasando y los capellanes hospitalarios cuidando de los enfermos. Atrás quedó el Puente, testigo de tan grande hazaña, y que desde hoy se llamará para siempre el Puente de Passo Honroso.